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Las Batuecas Santo Desierto


Existen  acontecimientos y lugares que muchas veces pasan inadvertidos para una gran mayoría y, que debido a su especial singularidad, encanto, o misterio, son indispensables para el visitante a fin de ser apreciados y estudiados más a fondo. Quizás sean el inicio para que algunos buscadores de leyendas y misterios remuevan su pasado.
Tú puedes ser quien nos descubra esos lugares que están al borde del misterio y cuyo delgado velo fuerzas por romper. En este apartado recopilaremos los lugares que se visitan, su descripción, una pequeña reseña histórica y leyendas que se cuentan sobre ellos. Igualmente se narrarán los sucesos misteriosos e inexplicables que las gentes del lugar han conservado en su memoria a través de los años.

Las Batuecas, lugar idílico y misterioso
Hay lugares que desprenden un aroma espacial que no sólo se percibe por los sentidos, sino que su esencia es capaz de ahondar en las entrañas más profundas de uno mismo y despertar sentimientos desconocidos. Adentrarse en Las Batuecas es dar rienda suelta a cuerpo y alma, aislarse de todo aquello que nos turba y aferrarse a los placeres que este desierto encantado brinda. Cada uno de sus rincones desvela un interés especial por ser conocido y disfrutado y es capaz de atraparnos en una atmósfera difícil de ser descrita, sólo aquel que sepa sumergirse en ella podrá narrar su propia historia.


Su abrupta morfología y su posicionamiento geográfico han condicionado que, históricamente, esta zona del sur de la provincia de Salamanca, haya gozado del aislamiento necesario para conservar unos rasgos sumamente marcados que le dotan de un temperamento muy personal. De hecho, la falta de comunicación y la reclusión territorial y social que vivió durante siglos han configurado un lugar inhóspito y misterioso considerado, por muchos, maldito. El desconocimiento de estas tierras por el resto de comunidades y los marcados caracteres de la cultura batuecana impregnan un halo misterioso que se ha transmitido hasta nuestros días a través de la literatura y la tradición popular. Un claro ejemplo es la obra de Lope de Vega “Las Batuecas del Duque de Alba” donde queda bien reflejado el arrojo de sus gentes y las particularidades de esta comarca.


Que decir del valor paisajístico de este inhóspito rincón. Como si de una película de dibujos o un cuento de hadas se tratara, el Valle incita a profundizar en él ofreciendo cobijo al peregrino. Los contrastes existentes entre las zonas de ribera y las zonas altas tienen un gran interés ya que dotan al Valle de un valor exuberante y sobrenatural, desde las alturas se adivina el curso del río gracias a sus compañeros de viaje, los álamos; la erosión que ha ido realizando el río con el paso del tiempo no pasa desapercibida para el caminante. Dejando el curso del río a un lado, a medida que va aumentando la altitud, el bosque de ribera desaparece en favor de una vegetación típicamente mediterránea. En las zonas más altas del Valle, surgen numerosos abrigos rocosos aderezados por distintas especies adaptadas a temperaturas más bajas. Cursos de agua, puentes, cantos, hitos, carboneras y afloramientos rocosos otorgan un carácter misterioso e íntimo al paisaje; asimismo, invita a perderse en su interior y vivir por momentos la vida de los primeros hombres que se establecieron en el Valle.



Uno de los atractivos de este entorno son las pinturas rupestres que salpican algunas de las paredes rocosas del valle del río Batuecas, figuras que en un pasado despertaban el temor de los lugareños que pensaban que eran de origen demoníaco. A día de hoy este esoterismo sigue presente, al igual que el recuerdo por las ánimas. Todos los días, cuando el sol da paso a luna, la paz del ocaso se quiebra por el repicar de la esquila que hace sonar la Moza de Ánimas. Cada vez que la sombra de la anciana redobla una esquina, el monótono sonar vuelve a apoderarse de La Alberca que no sucumbe a la evocadora llamada de la moza que invita a rezar a los fieles cristianos para que todas las almas del purgatorio alcancen la resurrección. Cuentan los veteranos albercanos que una invernal noche de nieve y ventisca, la Moza de Ánimas se ausentó y, a media noche, la campanilla salió en solitario y se oyó por toda la villa.


Ante la grandeza del entorno y la necesidad de santificar un lugar embrujado, la Orden de los Carmelitas Descalzos se dispuso a crear en 1599 el Convento del Desierto de San José de Las Batuecas. No hace falta adentrarse demasiado en la Sierra para descifrar que nos encontramos ante la antítesis de lo que concebimos como un desierto.
En la Orden del Carmelo la acepción de Desierto alude a sus tres preceptos: silencio, oración y trabajo en común, de modo que este vocablo toma un sentido espiritual que apunta a un lugar apartado, tranquilo y recogido, en el que se persigue experimentar la presencia de Dios. Para sentirle más cerca, algunos monjes llevaban al límite las reglas carmelitas y se retiraban en solitario a meditar al valle del río Batuecas. Si recorremos sus laderas, entre densos bosques y canchales, podremos divisar esbeltos cipreses, símbolo de la vida eterna, que advierten el alzamiento de una pequeña ermita en la que los eremitas descansaban y guardaban sus pocos enseres. Pero el grado de humildad aún podía llevarse a un mayor extremo tal y como hizo el Padre Cadete que construyó su ermita en un alcornoque rematado por la inscripción “Morituro satis”: Basta para el que va a morir.

 

La paz que el Padre Cadete encontraba en estos parajes, aún hoy, se mantiene, como si una coraza infranqueable hubiese impedido la penetración de los vicios de la modernidad. En pleno S.XXI, Las Batuecas desprenden una embriagadora sensibilidad que se percibe en todo momento.
Estos son sólo algunos de los misterios que esconden Las Batuecas, quien explore sus recoletas estampas quedará hechizado y seguro que encuentra su propio desierto.
Gracias  a  los hermanos Carmelitas podemos leer una breve reseña de su vida monacal. Desde aquí mi agradecimiento a ellos y mi enhorabuena por su magnífica web desde donde nos invitan a todos a adentrarnos en esta excepcional vida de retiro y meditación.
Ir a web "monasteriodelasbatuecas"

Historia
Hace muchos años, en un lejano país de medio oriente, en una montaña llamada el Carmelo, donde vivió el profeta Elías, surgieron unos ermitaños. Lo habían dejado todo en occidente: familia, tierras y futuro. Unos habían llegado a Tierra Santa como peregrinos, otros como cruzados. Fue allí donde se sintieron llamados por Dios, se retiraron a unas cuevas e hicieron en medio de ellas una capilla dedicada a la Virgen María (s. XII). Con los años pasaron a Europa y se hicieron mendicantes y apostólicos, pero sin dejar de ser contemplativos.
 

Más tarde, en el s. XVI, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, miraron con añoranza aquel origen remoto y santo, y fueron llamados por Dios para dar al Carmelo un nuevo vigor. Así nació el Carmelo descalzo, que se ha caracterizado por ser contemplativo y activo al mismo tiempo, aunque desde el origen existieron conventos especialmente dedicados a la oración.

Nuestro monasterio se fundó en el año 1599 en el valle de Batuecas por el venerable Fr. Tomás de Jesús. En su origen está el modelo de los antiguos ermitaños del Monte Carmelo, de su soledad, su pobreza, su contemplación, y de los monjes del desierto de Egipto, de ahí que se llame “Desierto” de San José de Batuecas. También la arquitectura del monasterio siguió el mismo modelo antiguo: una Iglesia rodeada de ermitas. En 1836, con la desamortización, fue expropiado el monasterio. Lo recuperó Santa Maravillas de Jesús, carmelita descalza, en el año 1936. Aquí vivieron ella y sus monjas hasta que lo cedieron a los frailes, que volvieron a habitarlo en 1950.

 

Carisma
El carisma que ha definido siempre a nuestra Orden del Carmen Descalzo es el contemplativo. Los demás elementos, como la pobreza, el apostolado y la fraternidad, nacen de la experiencia interior y la enriquecen. Santa Teresa dice a sus monjas: todas las que traemos este hábito sagrado del Carmen somos llamadas a la oración y contemplación, porque éste fue nuestro principio, de esta casta venimos, de aquellos santos Padres nuestros del Monte Carmelo, que en tan gran soledad y con tanto desprecio del mundo buscaban este tesoro, esta preciosa margarita de que hablamos, la contemplación.
Los religiosos carmelitas hemos heredado este espíritu. Es cierto que desde nuestro origen en Duruelo, asumimos un cierto apostolado, pero éste siempre fue sobrio. En nuestra Orden la mirada ha estado puesta en la vida interior, es de ella de donde nace la acción correcta, la palabra elocuente, el signo que convierte. Y en esto consiste nuestro carisma, en vivir desde dentro la experiencia del Misterio de Dios y expresarlo de diversas maneras a los demás.


Un día en Batuecas
Nuestra vida en el monasterio es básicamente contemplativa. Esto no significa no hacer nada, sino que todo lo que hacemos, lo hacemos desde dentro; es un arte que hay que aprender. Cada día está marcado por un ritmo igual. La monotonía externa contribuye a mirar hacia dentro y no hacia fuera. Siempre las mismas horas, los mismos ritmos; todo esto ayuda a no distraerse, a estar atentos al interior.
Rezamos los salmos de Laudes a las 7 de la mañana, a continuación tenemos una hora de oración silenciosa en común, sigue Tercia y la Misa. Tras un frugal desayuno se inicia el tiempo de trabajo hasta la 1 del mediodía en que rezamos sexta y comemos. Sigue un tiempo de esparcimiento individual, algún rato de descanso si alguien lo necesita y el rezo de Nona. El resto de la tarde se hacen los trabajos que quedan hasta las siete, que rezamos Vísperas y otra hora de oración en común y después la cena. En la noche rezamos Completas, hay un tiempo de lectura espiritual y terminamos con el Oficio de Lectura. El tiempo en que no hay trabajos externos, es todo él retiro de celda.


Trabajamos la huerta, la limpieza y orden de la casa y la hospedería, la atención a los que nos visitan y un escaso apostolado. No tenemos radio ni televisión, sí llega algún periódico, pero no estamos aislados de la sociedad, a la que amamos y por la que entregamos nuestras vidas.
Pero en nuestro ritmo también entran otras personas. Nuestra hospedería acoge a quienes desean compartir nuestro silencio; es una manera de comunicarnos con la sociedad: ella, tal y como es, viene hasta nosotros y nosotros la recibimos desde lo que somos.